En la sesión ordinaria del pasado 29 de enero, la concejala
responsable de la biblioteca recibió la orden de argumentar en contra de la
creación del llamado Rincón del Autor Local. No porque hubiera razones
culturales o técnicas para oponerse, sino porque, desde algún lugar impreciso
dentro de la enorme y amorfa estructura de Coalición Canaria, se decidió votar
en contra de la propuesta.
La concejala se limitó entonces a leer normativa sobre
bibliotecas para concluir que ese rincón ya existía, simplemente porque la
norma lo contempla. Es decir: como el reglamento lo menciona, el rincón está
creado. Aunque no se sepa dónde, ni cómo, ni para qué.
Y, sin embargo, la propia intervención de la concejala
dejaba ver que no sabía muy bien a qué agarrarse: confundía lo que podría ser
un espacio de exaltación de la autoría local con lo que no es más que un desván
previo al expurgo. Tener un rincón no es nombrarlo; es darle contenido,
visibilidad y programación.
Si el Rincón del Autor Local hubiera existido realmente, no
se habría pasado por alto que hace apenas un mes se cumplieron 105 años de
la edición de La Verdad, Notas Canarias o Espejo de la Vida
(diciembre de 1920), poemario de Pedro M. Hernández y Castillo, prologado por
Alonso Pérez Díaz. Una efeméride que habría permitido investigar y divulgar la
vida del autor, analizar su relación con Alonso Pérez Díaz, y rescatar sus
artículos como corresponsal en la prensa de la época.
Ese solo libro habría dado para un mes entero de actividades
culturales. Pero cuando cultura y fiesta coinciden, el carnaval siempre gana.
Este año se cumple también otra fecha redonda: 60 años de
la publicación de Anchieta no tempo, escrita en portugués por el
pasense Antero Simón. Otro autor, otra obra, otro motivo perfecto para ocupar
un escaparate del Rincón del Autor Local que, según la normativa, ya existe.
Además, tenemos una rica y olvidada historia periodística
que podría investigarse y difundirse desde la biblioteca: Entre 1903 -1912
aparecen y desaparecen en El Paso El Eco de la Verdad, El Paso, La
Lucha, La Voz del Paso…
Periódicos breves, fugaces, desaparecidos, pero
fundamentales para entender la vida social y política del municipio. Material
perfecto para exposiciones, charlas, talleres escolares o publicaciones
digitales.
Y también está la propia historia de la biblioteca, digna de
ser contada:
– 3 de noviembre de 1928: acuerdo de apertura de la
Biblioteca Municipal y nombramiento de encargado a don Miguel Tabares Capote,
con una gratificación anual de 375 pesetas.
– 1 de enero de 1929: aprobación del Reglamento de la Biblioteca Popular.
– 17 de enero de 1933: varios vecinos solicitan mantenerla abierta sin
retribución alguna; compromiso que duró hasta el 20 de mayo de ese mismo año.
– 25 de febrero de 1935: nombramiento de don José Triana Felipe (¿Arsenio?)
como encargado, con un sueldo de 300 pesetas.
– 19 de abril de 1970: inauguración (o reinauguración, tras treinta y cuatro
años) de la Biblioteca Pública Municipal, con 4.000 volúmenes, en los bajos de
la Casa Consistorial.
Todo esto demuestra que hay muchísimo que hacer en política
cultural. Lo que no hace falta es que los concejales se escondan detrás de la
normativa. Para eso ya están los técnicos.
La política cultural consiste en decidir qué se muestra, qué
se recuerda y qué se valora. Y hoy, en lugar de crear un verdadero Rincón del
Autor Local, se ha preferido defender uno invisible, que existe solo en los
papeles y en los discursos.
Ese es el problema: no que no haya normas, sino que no haya
voluntad.