(El Paso, inspirado en una
entrevista de 7.7-La Palma)
Reconozco que soy un poco
lerdo, porque tuve que escuchar la entrevista varias veces. No terminaba de
comprender quién llevaba peor el papel: si el periodista que preguntaba o el
alcalde que respondía. Pero claro, llamar a alguien «tonto» sería de mala educación,
así que mejor digamos que ambos me parecieron dos genios incomprendidos de la
comunicación política.
Apliqué el teclado de voz de
Google Drive, que es infalible (como un árbitro de fútbol sala), y el
entrevistador soltó esto: “Y ¿la oposición reconoce ese trabajo o les está
costando? Porque los veo en una actitud quizá más beligerante, no, más, más de
fiscalización, eh, rayando lo angustioso, en clave de… no sé. ¿Se logra
mantener la paciencia lo suficiente o hay que contar hasta 10? ¿Cómo lo lleva?
¿Qué análisis hace de ese trabajo?”
Fiscalizar está bien,
beligerante también, pero ¿oposición angustiosa? Esa es de nuevo cuño.
Debía de ser la primera promoción de concejales con trastorno de ansiedad oposicional.
Al final llegué a la conclusión lógica: la tal angustia solo puede ser para el
alcalde. Por suerte para la oposición, este alcalde, según él mismo declara, es
“bastante tranquilo”. No sabemos qué pasaría si fuese nervioso; quizás
los sacaría a patadas o los obligaría a hacer la mili en la Oficina de Atención
al Ciudadano.
Lo que el entrevistador
desconoce (pobre, tan bienintencionado él) es que el alcalde cuenta hasta diez
cada día. Pero no por controlar la ira, no vayan a creer, sino porque diez son
los miembros de su grupo de gobierno y pasa lista cada mañana para asegurarse
de que no se le ha escapado ninguno. A veces se equivoca, porque debe contarse
a sí mismo y no olvidarse de la que se le fugó a Santa Cruz de La Palma —que,
sin estar, está—. Entonces hace el recuento, dice “me faltan dos”, un
pequeño drama existencial. Pero luego mira las grúas del municipio: cuatro. “No
me falta ninguna”, se tranquiliza, y ya puede seguir gobernando en paz. Las
grúas nunca fallan, a diferencia de los concejales.
Y entonces llega el momento
más hermoso: hablar de su grupo de gobierno le produce un éxtasis místico. El
amor lo ciega, textual: “Ahora mismo creo que todos vamos a una, creo que el
municipio de El Paso tiene una gran suerte, y lo digo a boca llena, porque
estar en política, a veces, estamos acostumbrados de, de, decir o de ver en el
pasado pues cómo eran ¿no? Eh, yo creo que ahora mismo aquí en nuestro
municipio todo el mundo está por vocación y, sí, todos los días se echan 12-14,
si hay que echar 16 horas, y es de lunes a lunes, y a todos mis compañeros los
veo con una sonrisa en la boca”.
Qué bonito. La sonrisa en la
boca debe ser a final de mes, cuando cobran. Porque, casualidades de la vida,
todos los que sonríen tienen sueldo. La vocación, al parecer, también se compra
y, por lo que se ve, sale a plazos con intereses. Y entonces uno se queda
pensando: si la vocación es tan maravillosa, ¿por qué los únicos dos concejales
que no cobran ni del ayuntamiento ni del cabildo son los socialistas? Pues eso:
ni cobran, ni tienen vocación aparente, pero siguen ahí, aguantando el tipo.
¡También son ganas de joder!
Siempre nos quedará la duda de
cómo eran los ediles del pasado en El Paso. Porque, diga lo que diga el
alcalde, son muy contadas las personas en el municipio que se interesan por
aquel tiempo oscuro en el que —según él— la vocación no existía. Debió ser una
era glaciar política. O quizás entonces también sonreían, pero sin cobrar, y
eso ya sería demasiado para cualquier gobernante tranquilo incluso después de
contar las grúas.